Rolling on the river
Voces con color, color negro, y melodías que nacen de las entrañas. Con una guerra como trasfondo, miles de negros trabajan para sus dueños en las granjas agrícolas de Luisiana, Missisipí, Alabama y Georgia, entre otras, al son de las canciones del campo y del trabajo, muchas de ellas herencia de sus culturas ancestrales originarias, ahora mixtas y casi perdidas. Nace así, entre ritos de Vudu y limonadas en el porche de atrás, lo que se conoce como música afroamericana, música hecha por negros.
Esta característica inicial de canción del campo fue desapareciendo poco a poco. Ahora géneros como el soul o el jazz se empezaban a dotar de clase y de cierto donaire. Dejaban (que no abandonaban) la calle y se trasladaban al escenario. La música afroamericana comienza a gustar, y esta se adapta progresivamente en su evolución a lo que el público pedía, y nacen las grandes figuras como Louis Armstrong o Ray Charles, además de las grandes divas.
Vuelta a los 60, pero al estilo londinense
Pero hoy en día el divismo vivía sus momentos más bajos. Tras el fracaso de jóvenes promesas como Leona Lewis o la mismísima Amy Winehouse, parecía imposible volver a aquella época en la que las lentejuelas, las pelucas, las grandes voces y, sobre todo, la actitud, reinaban en las salas de conciertos de las grandes ciudades estadounidenses allá por la década de los 60. Porque fue esa actitud la que hizo diferenciarse del resto a la gran Aretha, a la difunta Etta James, a Diana Ross o, incluso, a la incipiente Rosetta Tharpe, quien sacó la música de la iglesia al ritmo de su guitarra. Esas divas elegantes fueron sustituidas por otro tipo de divas, más rubias, más delgadas y más superfluas, que no por ello menos válidas, pero sí menos auténticas.
En el medio de toda esta marabunta de "Nancys plastificadas" aparece una chica londinense, de apenas 20 años que eclipsa a todo lo que ya hay en el panorama musical. Adele, con una elegancia innata, se abre un hueco en el mundillo y algo más de dos años más tarde triunfa en la entrega de premios de la música más importante del momento, los Grammys. Y para ello lo único que ha hecho es seguir fiel a su inconfundible estilo neo-soul inglés, mucho más austero que el de Amy, pero muy contrario a lo que el público general estaba acostumbrado a escuchar.
Proviene de una familia sencilla, siendo ella hija de una madre soltera en uno de los barrios mas corrientes de Londres, Tottenham. Se gradúa en el Brit School of Performing Arts of Croydon, y enseguida comienza su carrera musical con varias canciones colgadas en la red. Su primer álbum, 19, tiene un éxito considerable en su país de origen y en gran parte de Europa, pero será su segundo disco de estudio, 21, con el que marcará la diferencia, dándose a conocer de manera más significativa en el gran gigante de EEUU.
Adele, con sus curvas, su estilo ya anticuado y su parsimonia en el escenario, gusta, y gusta mucho. Tanto es así que está en la cima del éxito y de la calidad, una calidad que podría competir incluso con grandes figuras del género como la propia Ella Fitzgerald. La evolución de Adele puede ir por dos caminos: o convertirse en la más grandes de todos los tiempos, o quedarse en otra más de esas promesas incumplidas. Lo que sí ya está haciendo es hacer renacer un género que ya se creía muerto.